Fallecida en el parto de su primer hijo, Isabel Espejo Varas (1859-1883) fue una muchacha inquieta, de mente liberal y partidaria de las leyes laicas. Su diario de vida es el inusual testimonio de una recién casada que busca educarse y tener opinión, pese a las restricciones de la época. 

ELENA IRARRÁZABAL SÁNCHEZ
Rescate
El Mercurio

 

Tres años -con interrupciones- alcanzó a escribir Isabel Espejo su diario de vida (o lo que sobrevive de él). Lo inicia cuando tenía poco más de 20 años y lo deja de escribir al morir en el parto de su primer hijo, cuando tenía 24 años. Días antes, escribía, convaleciente, ” en cama, sin ver a nadie, me pierdo en conjeturas “. Había viajado a Santiago por los riesgos de su embarazo, dejando en Lebu a su marido, el intendente de la provincia de Arauco, Manuel Carrera Pinto (hermano de Ignacio, héroe de La Concepción).

Este valioso documento se publica por primera vez bajo el alero de “Ediciones Los Diez”. Según la historiadora Valeria Maino -quien editó la obra y escribe una interesante introducción- el diario posee un gran interés histórico y sociológico porque ilumina aspectos poco conocidos de la época. Entre ellas, “la descripción de una sociedad abierta que se muestra en Lebu, capital de la provincia de Arauco. Allí llegan miles de aventureros en busca del oro, entre ellos varios alemanes, ingleses y franceses. Duermen amontonados bajo las mesas del comedor y el billar del único hotel que existía”.

El diario transparenta también el pensamiento de la autora, diferente al de otras escritoras de diarios de la época, de carácter más católico y conservador, como Amalia Errázuriz e Inés Echeverría. Isabel Espejo, en cambio, es hija de Juan Nepomuceno Espejo, agnóstico y vinculado al mundo laico y radical de McIver, Matta, Vergara y otros correligionarios. Su madre, en cambio, Luisa Varas Marín, es católica.

La crónica de Isabel Espejo muestra un mundo dividido por las leyes laicas, panorama que en Lebu se flexibiliza. “Estas relaciones sociales sencillas y espontáneas después serán mucho más sesgadas, cuando los grupos se enfrentan en la revolución del 91 y la riqueza del salitre formó otra aristocracia”, explica Maino.

Isabel apoya las leyes laicas que propugna el Presidente Santa María. En especial por haber visto cómo, durante la agonía de su padre, su madre y tía sufrían, sin saber qué hacer, la amenaza del párroco del barrio Yungay. Este no quería dar permiso para el entierro si el enfermo no se confesaba, algo a lo que el moribundo se negaba. La historiadora Valeria Maino alínea a esta autora con otras cronistas liberales de ese tiempo, como Martina Barros y Maipina de la Barra.

Emancipación femenina

” ¿Por qué el estudio de la filosofía habría de ser vedado para la mujer? Admitirlo es confesar su inferioridad. Ese es siempre mi pensamiento i de él ha nacido mi entusiasmo por la emancipación del espíritu de la mujer “, reflexiona en las primeras páginas de su diario Isabel Espejo. Allí quedan patentes sus inquietudes intelectuales, momentos de introspección interior, sus reflexiones en torno a temas como la fe -” No sé lo que creo y lo que dejo de creer” – y su frustración por no tener una buena educación, algo que busca remediar con una rutina de estudios.

La poesía es otra de sus aficiones, inquietud que se vincula con el legado de su familia materna, que contaba en su seno con una serie de poetisas, como Mercedes Marín del Solar -considerada la primera poeta chilena – y Quiteria Varas (hermana de su madre). Parte importante de la narración se concentra en las vivencias en Lebu, donde llega a acompañar a su marido intendente. La delegación arriba en medio de tal tempestad, que la embarcación no puede atracar al muelle y las personas son recogidas por la grúa de un remolcador para ser depositadas en una torre de sacos de carbón. El diario cuenta con gracia cómo la comitiva termina totalmente teñida de polvo gris, salvo Isabel, vestida de negro ” con mi abrigo de astracán y el gorro sumido hasta las orejas “.

Lebu vivía en esos años una gran agitación por el descubrimiento de las minas de oro de Montaña Negra, que atraía a miles de aventureros, extranjeros y chilenos, entre ellos el rico minero Francisco Ovalle Olivares, con quien Isabel entabla una buena amistad. También se viven una serie de insurrecciones mapuches y el traslado de parte de las tropas de la zona al frente en la Guerra del Pacífico.

El diario deja la admiración por la geografía y la naturaleza, su preocupación por los más pobres y necesitados -Lebu vive, entre otros azotes, una epidemia de viruela- y el gusto de la autora por los animales. Entre ellos su perro Dear , su caballo negro Aleppo, un pequeño pudú, dos cisnes de cuello negro y el loro “Piérola”. Pese a la rusticidad del entorno, en el diario relata cómo asiste en Lebu al ” café Cementerio, con café recien tostado y molido, del que a pesar de la guerra provee el capitán del vapor Bolivia i que prepara con la paciencia de un alquimista en su cafetera de globos de cristal “.

En las páginas de su diario, Isabel Espejo relata sus diálogos y amistad con algunos mapuches, como el lonco Pedro Cayupí. “Es un hermoso mocetón, fuerte, moreno de ojos negros mui vivos que al saberme mujer del Intendente, nos recibió con el ritual de los araucanos cuando tratan a las autoridades, Hablándonos en araucano por intermedio de un lenguaraz. Es la primera vez que oigo este idioma que me parece grato al oído”.

También describe la relación de su marido intendente con los mapuche. ” Hace dos días cincuenta indígenas de la Alta y Baja Imperial , con sus trajes típicos, sobre briosas cabalgaduras, con su cacique a la cabeza, vinieron a saludar al nuevo Intendente”. Según Valeria Maino, resulta interesante la descripción del “trato solemne de la autoridad con los indios araucanos o mapuches, quienes van a saludar al nuevo intendente, haciendo todos los rituales propios de la Colonia, como el cacique principal, con insignias y elementos de su poder, que llega acompañado por los caciques menores y sus mocetones y hablan en las dos lenguas, traducidas por el ‘lenguaraz”.

Pedro Cayupí, amigo de Isabel, liderará después una gran insurrección, que le acarrea una sentencia de muerte. Pero el marido de Isabel cambia la pena por un enrolamiento en el ejército. Carrera Pinto también denunció en su época abusos contra los mapuches.

Días finales

” Todo lo que se relaciona con ese pueblo que en dos años ha transformado Manuel, lo miro con cariñoso interés “, escribe Isabel, nostálgica de Lebu, en su lecho de enferma en Santiago. Allí reposa por un complicado embarazo, que terminará mal. Esperaba a su primer hijo para octubre de 1883, pero la guagua se adelanta un mes. Isabel y su hijo mueren el 12 de septiembre de 1883.

El intendente Carrera, muy afectado por la desgracia, retorna a Lebu cabizbajo y le pone el nombre de su mujer al primer hospital de la ciudad. Años después se casará en segunda nupcias con Amanda Smith y Manselli y le pondrá Isabel a su primera hija. Mientras tanto, el diario pasa de mano en mano y Juan Luis Espejo -hijo de un hermano de Isabel- le regala una copia del a Ana María Ried Carrera (quien la facilitó para la edición del libro). Ella desciende del segundo matrimonio de Manuel Carrera Pinto .

“Una hermosa dama, que con su simpatía y generoso corazón, fue el alma de la cruzada a favor de los humildes y necesitados”, es la descripción que hace de Isabel el historiador Alejandro Pizarro. Ahora, a través de las páginas de este diario nunca antes publicado, se podrán conocer más sobre los pensamientos y la vida de esta mujer de vida breve y espíritu inquieto.

 

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