Hija de una familia de libreros, editora y dueña de la librería Catalonia, dentro de ella bullía en secreto una escritora que acaba de salir a la luz: lanzó “Todas somos una misma sombra”, su primer libro. Aquí habla acerca del proceso que vivió y de cómo es crear una novela en tiempos del MeToo. 

Por Ernesto Garratt Viñes. Fotos: Sergio Alfonso López.
Entrevista
El Mercurio

A veces las definiciones de lo que no somos pueden dar mejor cuenta de lo que sí somos. Y Catalina Infante (Buenos Aires, 1984) siempre se suele definir como alguien así:

-Nunca he visto Star Wars .

Ella creció en el seno de una familia de editores y dueños de las librerías Catalonia; siempre vio cómo otros escribían mientras ella, ya de adulta, los editaba o los publicaba en el sello Catalonia. Y al igual que el caso de Star Wars , nunca fue capaz de vislumbrar la película que se proyectaba en su interior; sus propias ganas y vocación de ser escritora.

-No siempre me di ese permiso, siempre tuve estas contradicciones… ¿escribir o no?

Con el reciente lanzamiento de su primer libro de cuentos, Todas somos una misma sombra (Ediciones Neón), la crítica especializada y los lectores están descubriendo a una virtuosa voz de la literatura nacional gracias a sus ocho relatos cortos, hilados como si fueran una gran novela, o una gran novela fragmentada en cuentos unitarios. Son historias escritas desde el foco de un fluido de conciencia de una mujer, que podría ser la misma protagonista a lo largo del libro. Se trata de un nuevo territorio conquistado por una mujer, que habla de mujeres solas y heridas, que bucean secretamente en el mail de un ex que partió, o que están solas en una isla hablándole al (¿mismo?) ex o sumergiéndose en la tierra en un Apocalipsis sin sol. Catalina Infante hace un viaje propio y, a la vez, hace viajar al lector hacia nuevos páramos. Y el resultado ha sido alabado por críticos como Patricia Espinosa, de Las Últimas Noticias , quien destacó que sus virtudes narrativas “no hacen más que confirmar la enorme efectividad de esta serena e inquietante propuesta”.

Sin embargo, Catalina Infante no solo se preparó para enfrentar la crítica literaria, sino que también la idea de que a ella no le fue difícil publicar, gracias a su historia familiar.

-Ahora soy súper enchufada, porque mi papá es editor y mi mamá fundó esta librería (Catalonia), entonces yo también pertenezco a eso. Sé cómo funciona y he podido sacar beneficio de haber podido entrar así. Obviamente me hubiera costado muchísimo más si hubiera venido de algo completamente distinto. Pero también me pasó que estando dentro me costó mucho publicar, porque me daba mucho pudor. Porque iba a ser mucho más criticada. Porque yo trabajaba en otra cosa, editora. Entonces era, “por qué esta editora va a escribir”: una cosa es ser esto y otra cosa es ser escritora. Me costó liberarme de eso que estaba en mi cabeza, ¿puedo escribir, ser una buena escritora y publicar, merezco estar en ese espacio?

Mientras conversa sentada en el living de su departamento, mira a cada instante por el rabillo del ojo la puerta cerrada a metros de ella. En esa habitación duerme su guagua recién nacida, de casi un mes de vida. Al frente de nosotros, un mueble acumula los libros suficientes para no caer en la exagerada caricatura del librero/escritor, mientras el aire refrescante de una mañana despejada y tranquila de Santiago entra por el ventanal.

De pronto, una puerta de la cocina se abre sola. Catalina se levanta y la cierra, y a los segundos se abre otra vez.

-Están penando parece -murmura sin miedo, más bien riendo.

Uno puede hablar horas con Catalina Infante no solo de libros y lo que dicta su papel en el mundo literario. Esta joven periodista es además una seguidora del terror y las películas de susto.

-No sé por qué me gusta el miedo, el terror -dice, y le pregunto por el cuento final que da título a su libro: “Todas somos una misma sombra”, un relato que mezcla algo inédito: sus propias pulsiones femeninas con una cuota de fantasía apocalíptica, muy parecida a una película de terror.

-Creo que fue un cuento muy inconsciente y no es un género que yo trabaje o que escriba comúnmente, pero por alguna razón tenía ganas de contar esa historia. Creo que mi máxima cercanía con ese género es que me gustan mucho las películas de terror y todas las películas que hablan del Apocalipsis.

Y en un momento abre los ojos de emoción cuando coincidimos en La maldición de Hill House , serie de Netflix sobre una mansión embrujada. Ahora baja la vista y recuerda cuando, recién llegados a Chile en democracia tras el exilio (España y luego Argentina), ella y su familia vivieron en una casa que compara con aquella hechizada de la serie.

-Yo vivía en una casa muy parecida cuando chica. Y con mis hermanos (cuatro en total) creíamos que penaban allí y me daba mucho miedo, porque pasaba harto tiempo sola en esa casa. Y cuando uno es adulto, creo que esas casas de infancia forman parte de una visión: vuelvo una y otra vez como en sueños a ese lugar y sueño mucho con ella, plagada de fantasmas.

La madre de Catalina, Andrea Beovic, murió cuando ella tenía 17 años, de un “cáncer fulminante al páncreas”. Fueron tres meses entre el aviso y el triste desenlace, un trance espectral que la escritora enlaza con datos biográficos de su madre cruciales en su propia biografía de hija: Andrea Beovic fundó la marca Catalonia en los años 90, con un puñado de librerías.

-De hecho primero fueron las librerías y luego mi padre (Arturo Infante) fundó la editorial. Mucha gente cree que fue al revés, pero no.

-¿Y alguno de tus padres escribía? ¿Alguien te inspiró?

-Yo escribo desde que aprendí a escribir, no tengo recuerdo de cuándo empecé, pero siempre fue un medio de comunicarme conmigo. Siempre escribí y no tengo conciencia de haber sacado eso de alguien externo, sino que venía conmigo y obviamente el legado familiar lo fue reafirmando.

Ahora recuerda los pijamas partys con sus amigas adolescentes, viendo viejas películas de horror como Pesadilla o Halloween , cuando las arrendaban en formato VHS en las desaparecidas tiendas de videos Errol’s.

-Si te gustaban en ese tiempo (las películas de terror) eras como raro. Y si eras mina, peor aún.

¿De qué taller eres?

También se sentía como rara, rememora Catalina Infante, cuando formó parte de algún taller literario. Primero de niña, con unos 11 años. Y luego ya en la veintena, entre proyectos de escritores en el taller de la desaparecida Guadalupe Santa Cruz.

-Era todo muy esnob también, sentí que todos estaban en esta parada que querían ser escritores con lentes, serios y malditos. Y este taller era tarde-noche y con piscola. Entonces era una impostura, había que ponerse el traje de la literatura y yo me sentía, no sé… una mujer en ese tiempo, en ese ambiente. Siempre sospechan de ti, o que eras muy cuica o que no merecías estar ahí. No me podía poner este traje porque no me cabía. Y pensaba que si esto es lo que significa escribir y ser escritor y estar en la literatura soné, porque no me queda el traje. Entonces le agarré como rechazo a los talleres literarios y nunca más me metí.

Siendo parte de ese mundo, el mundo literario chileno, Catalina Infante miraba desde su papel asignado de editora el funcionamiento de las castas de talleres y la pregunta de rigor que resonaba entre esos pasillos entre sus contertulios: “¿De qué taller eres?”.

-Yo no hubiera sabido dónde insertarme, ¿el de Pablo Simonetti o el de Gonzalo Contreras? Hay varios grandes que publican ahora que han salido de esos talleres. Ser escritor es una carrera literaria: te tienes que insertar. Yo nunca supe dónde poner la pieza. ¿Has visto esos juegos para niños que está el circulito y tienes que poner el círculo. Yo era como tratando de meter el círculo en el triángulo.

Entonces, de a poco trató de insertarse en el papel que siempre quiso, pero nunca se atrevió a tener. Y queriendo estar en ese rol, comenzó a colaborar con la antropóloga Sonia Montecino, Premio Nacional de Ciencias Sociales, en libros de relatos de pueblos originarios ( Hazañas y grandezas de los animales chilenos , La tierra del cielo , Aventuras y orígenes de los pájaros )

-Pensaba, quizá inconscientemente, entre queriendo y no queriendo, que iba a hacer esos libros, pero para que nadie los leyera; un poco boicoteándome.

Pero esa duda, esa ambigüedad entre ser y no ser, asumir y no asumir, acabó cuando se enteró de su embarazo. Catalina Infante supo que era ahora o nunca. Todo el mundo le enrostraba lo pesadillesco que iba a resultar la maternidad, la falta de tiempo para ella misma, y se decidió.

-Las hormonas hicieron lo suyo y en verdad uno se desapega de los temores.

Minimizó, por ejemplo, los argumentos que le dieron cuando fue rechazada en una beca literaria del fondo del libro:

-En el informe me hicieron mierda, me decían que era una cosa muy sensiblona por tratar estos temas femeninos.

Explosión femenina

Todas somos una misma sombra puede sentirse como una apuesta autobiográfica, pero Catalina Infante aclara que también es un producto de la ficción.

-Es algo probable, no es confesable.

Ríe cuando le comento el cuento de la mujer que revisa los mails de su ex y ella solo asiente con la cabeza y en seguida explica que se demoró cuatro años en escribir ese relato. Y dice tapándose la boca.

-O sea, sí, es algo biográfico, pero en el fondo cruza muchas relaciones distintas y fue reírme del drama y la neurosis de lo patético que uno puede llegar a ser. Quería reivindicar ese lado. Me ha pasado mucho con el libro que hay gente que lo ha leído y que me dice: “Oye, qué triste el libro”. En general, siento que la gente le tiene miedo a ciertas cosas, como a la tristeza, le tiene mucho miedo también a lo patético a verse como un fracasado. La gente no abre ese lado de sí misma; de hecho, yo también me resisto, hay mucho miedo a mostrarse desde ese lugar, cuando en realidad todos somos así. Y el libro era una salida del clóset para mostrarse así. Siento que las mujeres nos crían mucho para mostrarnos bonitas y perfectas y no tenemos ese lado más humano y más loco desarrollado.

-¿Y el ejercicio de mostrarse puede ser doloroso?

-Y divertido también, yo me reí haciendo ese cuento. Pero tuve los párrafos de ese relato en esta carpeta del computador muchos años, antes de terminarlo, y me acuerdo de que me fui a Chiloé a trabajar el libro un mes. Sola, me fui como a una autorresidencia. Estuve en una casa escribiendo el libro, iba a todas las islitas, y ahí traté de trabajar este cuento y lo imprimí entero y recorté todos los párrafos y trataba de armarlo como un puzle. Así estuve mucho tiempo y el año pasado logré meter más ficción. Cuesta. Al final no estaba haciendo mi historia, sino que un cuento. No quería que fuera mi autoficción, pero todos los autores escriben de sí mismos, no hay nadie que no lo haga, creo yo.

-¿Crees que el feminismo como recurso temático en la literatura pueda saturar en algún momento?

-Incluso a mí que me gustan estos temas y que me llegan y que los leo constantemente, incluso a mí me cansa eso. Hay mucha gente haciendo carrera de esta cuestión feminista y a veces cansa un poco, porque, claro, para algunas personas será el tema de su vida, pero uno tiene otros temas también. No quiero embarrarla, porque está tan sensible el tema que incluso eso me da miedo. Pero sí, puede haber mucho oportunismo. Creo que fue una buena coincidencia haber sacado este libro y no pudo haber sido antes porque yo no lo había entendido y no le había tomado el valor a que las cosas que yo estaba reflexionando todos estos años o que me estaban atormentando, les estaban también atormentando a todas las mujeres y que iba a explotar. Toda la vida había sido así, pero ahora llegó el minuto en que tenía que explotar y a todas nos estaba haciendo ruido y estaba molestando.

Catalina Infante señala que este libro ha sido el resultado de un viaje personal y reflexión individual a lo largo de los años: un período en el que se sentía “muy incómoda en mi rol de género”.

-Siempre estaba tratando de cumplir, porque así me criaron, y después me di cuenta de que les pasaba a todas mis amigas y a todas las mujeres que conozco: tratar de cumplir una cuestión y sentirse completamente ajena a eso. Y sentir que está el 80 por ciento de ti perdiéndose porque solo puedes caber en ese 20 por ciento que te enseñaron. Y pensé harto igual en la idea de qué significaba lo femenino, qué significa lo masculino, porque siento que los hombres también están súper fritos y también están en esa misma lucha de que les enseñaron a ser de una determinada forma y no se atreven a explorar muchas cosas de ellos mismos o a ser de otras maneras porque tienen mucho miedo también. Entonces reflexioné mucho estos temas, pero quizá no lo podría haber publicado antes y justo explotó esta cuestión del MeToo.

-¿Cómo ha cambiado el mundo literario local respecto del rol de la mujer?

-Cuando yo empecé a trabajar como editora no había ninguna mina publicando casi; bueno, las típicas como Nona Fernández, María José Viera-Gallo, Lina Meruane, Alejandra Costamagna, pero igual eran pocas y les había costado. Todo el ambiente literario eran puros hombres, donde las mujeres estábamos en otros roles, no de escritoras. Y de repente la gran explosión, la gran patada la pegaron Paulina Flores, Romina Reyes, estas chicas que fueron una sorpresa: muy buenas escritoras y avaladas por la crítica. Y ahora está lleno de escritoras, ahora hay mucho espacio. Y ahora hay de todo, hay muy buenas escritoras y muy malas también.

De pronto, su voz se mezcla con un incipiente llanto de un bebé.

-Yo creo que ahora me siento mejor, me hice un traje a mi medida y me siento cómoda. Aún tengo dudas de qué va a pasar, tampoco sé qué voy a escribir después, también sé que es una constante búsqueda. Ahora estoy en una especie de bisagra en mi vida por la maternidad. Fue un buen embarazo, la gente te asusta mucho con el cuento de la maternidad, pero igual ha sido intenso: tiene sus momentos heavy donde te quieres tirar por la ventana, en que uno no duerme, aunque tampoco es tanto.

-¿Y te sientes más escritora?

-Ahora me siento tranquila con eso, pero no sé si me siento una escritora, siento que hago muchas cosas; a mí me cuesta verme diciendo que soy escritora si me preguntan. Uno tiene esta idea como “el escritor”, como el artista. Ponte, mi pololo fue a inscribir a mi hijo al Registro Civil hace unos días y le preguntaron la profesión de sus padres. Y el puso “escritora”. Hay que asumirlo, pero me cuesta.

 

 

Fuente

http://impresa.elmercurio.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2018-12 25&PaginaId=22&SupplementId=2&BodyID=0

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